Sobre desconfianza epistémica

El concepto de confianza epistémica se asocia usualmente a las teorías de aprendizaje. A la forma (y posicionamiento) en la que adquirimos conocimiento. Y, como forma de conocimiento, también se puede asociar a las relaciones humanas. Se que respecto a este tema no soy una experta así que pido disculpas a aquellos que saben más de epistemología.

Entenderíamos la confianza epistémica como la voluntad del individuo en confiar en la autenticidad, relevancia personal y «generalizabilidad» de la información recibida en la interacción con otra persona. Es decir, la persona que tenemos delante nos emite información válida, creíble, segura y de la que podemos aprender. Se podría decir que nos permite deslocalizarnos de nuestra verdad en términos epistémicos y aproximarnos a la alteridad de quién tenemos en frente (o incluso de nuevas experiencias propias). Un ejemplo intenso sería la experiencia relatada en primera persona de Amanda Baggs

Como animales, tenemos una tendencia a la incredulidad/hipervigilancia natural como forma de protegernos de información que pudiese ser dañina, engañosa o contradictoria. A lo largo de nuestra vida, y especialmente en la primera infancia, las relaciones con los otros (nuestros primeros otros son nuestros criadores) nos permiten modular esa hipervigilancia y esto también es esencial para el desarrollo de una persona puesto que somos seres sociales.
Experiencias más tardías en la vida, de carga emocional acumulada, amenazantes para nuestra integridad/identidad y/o traumáticas también pueden alterar, para mal, esta capacidad de confiar y aprender. Hasta el punto de llegar a petrificarse en desconfianza epistémica (es decir, no poder discriminar si las actitudes y/o palabras de otra persona son confiables e incluso catalogarlas como potenciales amenazas a nuestra integridad. Por mucho que la otra persona jure y hasta sea un cúmulo de virtud). Sería como creer hablar el mismo idioma y que no lo fuese. Una torre de babel interpersonal.

Lo que flexibilizaría y mejoraría la capacidad de (re)aprendizaje de conocimientos provenientes desde el ambiente social, es la experiencia de sentirse comprendido subjetivamente, tenido en cuenta, en una actitud abierta de tener su mente en mente (no, no es sólo empatizar, es asumir que aunque no se pueda empatizar, su experiencia es lícita porque respetas su alteridad).

Tiene que ver con el establecimiento de relaciones de apego seguro y de cómo ésto es importante en la relación terapéutica. Pero trasciende de ella en la medida que se ha de rehabilitar para que lo experimentado en una pequeña parcela se generalice.

Es crear un espacio intra e interpersonal de socialidad. Esto permite sentirnos lo suficientemente a salvo como para pensar en nosotros mismos en relación a nuestro mundo y a aprender de ese mundo y de cómo operamos en el. Permite trascender del miedo. Porque a veces el miedo es tan grande que somos el miedo, esa petrificación de la desconfianza epistémica. Y eso es una secuela de una experiencia (o varias acumuladas).

 

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