Sobre lo que he entendido de la Salud Mental Colectiva

Lo primero que diría es que es tanto forma (contexto) como fondo (actitud, marcos teóricos).

Como forma es un encuadre donde el modelo comunitario está caduco en la medida que éste sencillamente existe en un medio pero no interactúa de forma recíproca con él. Quiero decir, los activos de salud sociales pasan a ser prioritarios, el fomento de redes de apoyo es esencial, la prescripción social una realidad necesaria y la interdisciplinariedad un modo de trabajo. Es decir, no vale con existir en un medio sino formar parte activa de él, del barrio, de la calle, de la comunidad de vecinos. Dar y recibir en equidad creando un tejido rizomático de vinculaciones tanto individuales como contextuales. Para mi gusto añadiría que los lazos requieren de proximidad ya que a mayor volumen de personas e instituciones, más tendencia a la cosificación en pro del funcionamiento de la maquinaria. Así que, para mí, es en pequeño.

Como fondo, se trata de una capacidad de deslocalizarse en multiplicidad epistemológica. Es decir, tolerar un mayor grado de incertidumbre teórica y de multiplicidad de interpretaciones (antropológica, sociocultural, filosófica, biomédica, en primera persona) en pro de una individualización de la intervención lo más igualitaria posible (el individuo debe ser considerado un emisor ostensible de información por muy ajena a nuestra comprensión que ésta resulte). Son primordiales los conceptos de alteridad, riesgo compartido, diálogo abierto, autoetnografía, lateralidad, no-coerción, empoderamiento, apoyo mutuo y el efecto yartrógeno de las relaciones de cuidado jerarquizado que provoca el sistema de salud mental actual.

Lo siguiente que diría, a título personal, es cómo afecta esto al ejercicio de mi profesión. Como psiquiatra me toca deconstruirme. Salir de la supuesta verdad de mi conocimiento para entender que esa mirada unilateral aliena. Puede dejar a la persona sin su narrativa en pro de un diagnóstico y un tratamiento que hace aparentemente más manejable su malestar. Y le deja sin posibilidad de que desde su subjetividad cree un camino donde mi función es la de acompañante co-reflexivo. E incluso llega a robar la universalidad del sufrimiento emocional o psíquico separando ficticiamente a cuerdos de locos. El sufrimiento y la vulnerabilidad es algo que nos une y la intervención sobre los malestares cotidianos que normalizamos (autoexplotación, consumo, soledad, fragilidad, pobreza…) tiene un efecto de salud sobre cualquiera de nosotros. Todo esto, además, me recuerda a la multiplicidad del self pero esta vez en términos de comunidad y realidad teórica.

Para terminar creo que me encuentro con varios dilemas que por ahora no tengo claro cómo resolver y agradezco aportaciones:

  1. Desde la multiplicidad epistemológica, el modelo médico también es una realidad teórica. Y en ella me planteo dilemas sobre qué decisiones y riesgos asumir para no caer en una vivencia (o incluso realidad) de mala praxis.
  2. Toda interacción es una intervención. El acto diagnóstico y de prescripción clínica tiene un potencial yartrógeno pero también beneficioso. La forma de resolver este dilema debería incluir sí o sí al interesado sin coacción pero también sin inducirle un estado de inseguridad o duda que no le corresponde. Al fin y al cabo, este saber que tengo aunque sea precario tiene su utilidad y dudo que el neuroticismo técnico sea constructivo.
  3. La teoría rizomática me resulta muy afín, en particular en mi propia red afectiva, pero a la vez me genera dudas respecto a los límites en las relaciones, responsabilidades (algunas legales) e incluso saberes. Esto, llevado a la práctica, en ocasiones se ha resumido en un estamos de acuerdo en que no estamos de acuerdo. Sin que eso suponga mayor conflicto.

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